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La Casa de Cultura acoge una exposición que recuerda la figura del pintor avilesino Fernando Wes

La Casa de Cultura acoge una exposición que recuerda la figura del pintor avilesino Fernando Wes

Publicado el 4 de Octubre de 2021
La muestra se inauguró el pasado 6 de octubre por la concejala de Cultura, Yolanda Alonso.

"La pintura de un dibujante" reúne 24 obras cedidas por la familia Sánchez Cima y se puede visitar hasta el 7 de noviembre

Dos de las obras expuestas Dos de las obras expuestas

Avilés recuerda la figura de uno de sus más destacados artistas del siglo pasado, el pintor y dibujante Fernando Wes. Lo hace con la muestra "La pintura de un dibujante", que se puede visitar en la sala de exposiciones de la Casa de Cultura hasta el 7 de noviembre, de 9 a 14 y de 16 a 21 horas, de lunes a sábado, y de 9 a 13 horas los domingos.

 

La muestra fue inaugurada el miércoles 6 con la presencia de la concejala de Cultura y Promoción de Ciudad, Yolanda Alonso, así como de miembros de la familia Sánchez Cima, propietaria de las obras expuestas, y de representantes de la Asociación de Antiguos Alumnos y Profesores del IES Carreño Miranda, acompañados por la directora del centro, Natalia Menéndez.

 

"La pintura de un dibujante" incluye 24 obras del fallecido creador, en las que detuvo el tiempo en otros tantos rincones de Avilés, algunos ya desaparecidos y otros que se conservan prácticamente sin cambios.

 

 

Sobre Fernando Wes

Texto elaborado por Ramón Rodríguez

 

Fernando Wes (Avilés 1906-1987) fue un artista ciertamente singular en el devenir de las artes plásticas avilesinas y lo fue porque es uno de los pocos cuyas miras estéticas se orientaron con preferencia al campo del dibujo y la ilustración que al más frecuentado de la pintura. Pese a su juventud llegó a tiempo para integrarse en el grupo de artistas auspiciados por el crítico José Francés y desde 1924 participó en la práctica totalidad de las Exposiciones de Artistas Avilesinos o de Artistas Asturianos que, hasta 1934, tuvieron lugar en las convocatorias de la Biblioteca Popular Circulante primero y de la Sociedad de Amigos del Arte de Avilés a continuación. Como también lo hizo en 1925 en el X Salón Nacional de los Humoristas –en convocatoria nacional excepcionalmente traída a Avilés en 1925 por su director, el ya mencionado José Francés– y en la patrocinada por El Heraldo de Madrid, en 1926, que contó con la presencia de cuantos artistas eran algo en Asturias en aquella época.

    Siempre encasillado en distintas especialidades de la ilustración su presencia en esa exposición madrileña de 1926 le sirvió para atraer la atención de Manuel Bujados quien, entonces, era una de las máximas figuras de la revista La Esfera y por invitación de Francés había compuesto la portada de la revista El Bollo de 1924. Fernando Wes frecuentará el estudio madrileño de Bujados convirtiéndose en uno de sus más aventajados discípulos y la influencia del maestro se notará palmariamente en las portadas de El Bollo confeccionadas sucesivamente por Wes entre 1925 y 1934 con la única interrupción, precisamente de Bujados, en la de 1929. Para el estampista avilesino debió ser un momento culminante el de ver una obra suya ocupando la portada de la prestigiosa revista madrileña en 1927. Como Bujados, Wes fue un ilustrador de hondas raíces modernistas y en sus dibujos tiende a magnificar el orientalismo especialmente en el tratamiento de las figuras femeninas y sus ropajes. El advenimiento primero de la República, la Revolución de Octubre y la Guerra Civil supondrán un antes y un después en su trayectoria artística.

    A partir de esos momentos, en los que junto a Pipo Carreño, su compañero además de colaborador en múltiples tareas artísticas, se vio involucrado en rocambolescos episodios de espionaje y su retorno al mundo del arte ya no será el mismo. Su mirada, ya en los primeros años cuarenta, se dirige hacia lo folklórico con la asturianía como principal protagonista de sus dibujos y por la mutua influencia con Carreño, dedicándose a las más variadas funciones en el mundo del teatro para el que diseña vestuarios, realiza decorados e incluso dirige algunas obras. Esos patrones de vestuario, como también los que dibuja para las Cabalgatas de Reyes Magos, son funcionales y aunque recuerdan al anterior estampista han perdido el fulgor cromático, el guiño romántico y la sensualidad de sus anteriores etapas. Su dibujo es más esencial, más lineal y eso va a notarse en su paso al campo de la pintura.    

    Será hacia 1940 cuando comience esa larga e inconfundible serie de pinturas en las que capta el ambiente de las calles avilesinas valiéndose de una economía cromática que se limita, casi exclusivamente, a la utilización del amarillo de Nápoles y la tierra de Siena. Son visiones serenas de rincones avilesinos en los que la figura humana se adivina pero no se ve salvo en muy pocas obras. Sus lienzos se pueblan de arcadas, plazas y lugares en una especie de melodía melancólica compuesta para evocar lo que ya no existe o a lo que, indefectiblemente, intuye que va a cambiar con el paso de los tiempos. Esta faceta de pintor de lo tradicional le ocupará casi hasta el final de sus días, pero no por ello descuidará otras actividades, especialmente las que tienen como referencia al mundo del teatro, la ilustración de libros y revistas, especialmente para la de El Bollo para la que llega a realizar hasta veintidós portadas, la última precisamente la del año de su fallecimiento.

   La técnica de estas pinturas es muy sencilla: se vale de fotografías, propias o ajenas, que cuadricula y traslada con fidelidad al lienzo resultando, por mor de esa característica parquedad cromática, un aire como de fotografía antigua y mudada en su colorido por el paso del tiempo. Así surgen imágenes de lo ya desaparecido: el Restaurante La Rosa en San Juan de Nieva (curiosamente el lugar en el que nació la Sociedad de Amigos del Arte de Avilés), la puerta del ábside de la Iglesia del Carbayo, el Hospital de la calle de Rivero, el kiosco de la Plaza de Camposagrado, la calle de Enmedio, el Teatro Iris… Y por otra parte la revisión repetitiva de distintos encuadres de los arcos de Galiana, Rivero, Sabugo o El Carbayedo, sin olvidar unos espacios tan queridos para el artista como lo eran los interiores del Teatro Palacio Valdés en cuyos altos tenía establecido su estudio.

    No cabe duda acerca de la popularidad del artista en su villa natal, aunque quizá sea chocante el hecho de que esta sea, tan solo, su segunda exposición individual tras aquella mostrada en 1977 que indebidamente se subtituló como “Bodas de Oro con el Arte” y en la que además de pinturas se expusieron dibujos e ilustraciones, serigrafías cerámicas, tapices y pergaminos. Sea como sea, la pretensión de la muestra no es otra que la de volver a colocar ante los ojos de los espectadores la obra de un artista para que no quede, como sucedió con tantos otros, sumido en las tinieblas del olvido.

 

 

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